Los fósforos de Dios

En el Evangelio que se proclama este domingo en Misa, Jesús nos dice: “Ustedes son la luz del mundo” (Mt, 5, 14), si a alguien le tocara responder sobre sí mismo: ‘si fuera luz, ¿qué clase de luz sería?’ probablemente nadie, a menos que fuera un ególatra desmedido, respondería describiéndose como una gran luz, más bien todo lo contrario.

Paradójicamente, solemos tener ‘muy claras’ nuestras tinieblas, sabemos bien lo lejos que estamos de ser ‘luminosos’. Y sin embargo Jesús afirma que somos “luz del mundo”. ¿Cómo tomar esto?, ¿cómo un inmerecido cumplido?, ¿cómo una propuesta bonita pero inalcanzable?  No. Las palabras de Jesús no están fuera de la realidad. Pueden cumplirse en nosotros. Y la prueba de ello nos la ofrece San Pablo. Lo consideramos un ‘super-apóstol’, y si tuviéramos que compararlo con alguna luz, seguramente lo describiríamos como una estrella, pero en la Segunda Lectura que se proclama en Misa este domingo, él confesó sentirse débil y estar temblando de miedo (ver 1Cor 2, 3), es decir que estaba muy lejos de creerse una ‘luminaria’, y sin embargo ¡lo era! ¿Cómo logró algo tan aparentemente imposible? Porque puso su nada en manos de Dios; porque sentirse débil no lo desanimó, no lo hizo quedarse cruzado de brazos, sino lo movió a confiarse enteramente en el poder y la fuerza de Dios, y así, aunque carecía de brillo propio, pudo ser reflejo de Aquel que es verdaderamente Luz del mundo.

Del ejemplo de San Pablo aprendemos que la conciencia de nuestra falta de luminosidad no es pretexto para conformarnos con las tinieblas que nos rodean. Si el Señor dice que somos luz del mundo (y en ningún lado se leen letras chiquitas que digan: ‘aplican restricciones’), ello significa que todos hemos sido llamados a romper la oscuridad. ¿Cuál? La del miedo, la de la ignorancia, la de la falta de fe, la del rencor, la de la injusticia, la de la violencia, la del mal, la que envuelve tu mundo, nuestro mundo.

Pero, ¿cómo podemos hacerlo si nos sentimos insignificantes? Poniéndonos, como San Pablo, en las manos de Dios para que Él nos haga brillar. Y si no podemos servirle como antorchas, al menos podemos servirle ¡como fósforos! Sí. Considera esto: un fósforo no iluminará como una vela, pero cuando llega un apagón, alumbra lo suficiente para permitir encontrar y encender la vela; un fósforo no será una fogata que congrega gente alrededor de su hermoso fuego, pero gracias a él se puede encender esa fogata. Su llamita podrá ser débil y breve, pero si es oportuna puede lograr ¡grandes cosas! Eso sí, hay que estar conscientes de que para poder dar la llama que se espera de nosotros, tendremos que dejarnos tallar, desgastar, y no ser de esos fósforos que encienden su llamita sólo si los frotan en su cajita sino de ésos que prenden en cualquier lado, raspándolos contra la pared, la suela del zapato, el suelo…Y estar también dispuestos a pasar desapercibidos (todo mundo admira la luz de las velas de la torta o del candelero; la de la chimenea o la fogata, nunca al fósforo que la encendió…).

Así pues, que nuestra pequeñez no sea pretexto para permanecer a oscuras. Espera nuestra ayuda Aquel que afirmó haber venido a traer fuego a la tierra y anhelar que ya estuviera ardiendo (ver Lc 12,49).

No olvidemos que un solo fósforo basta para iniciar un incendio…

San Luis Rey

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